Miércoles


Miércoles, hiperuricemia.

El día del cambio de tiempo brutal me levanté con un dolor en el pie. Una mala postura durmiendo. Que me hago vieja. Cosas de los huesos. Cambio brusco de temperatura...

No.

Anoche comprobé que tenía el pie inflamado. Ataque de gota. Ligero, nada que ver con los que me dieron hace unos años, pero ataque claramente.

A la gente le hace mucha gracia escuchar que uno tiene gota. Suena a Felipe II, a enfermedad de ricos, a viejo sentado en una silla con la pierna en alto. Además, me miran con desprecio porque piensan que es culpa mía por excesos cometidos. Pues no, listas, que es genético, que lo padecemos todos en mi familia y que de gracioso no tiene nada, que duele un huevo.


Ahora llevo dos días pensando en qué habré tomado para que se me disparen los niveles de úrico, si no he bebido alcohol en exceso, ni tampoco he comido caza, carnes rojas, atún o embutidos últimamente.

En fin, toca aguantarse, beber litros de agua y tomarse "las cuchifrinas", unas pastillitas rosas que en un día solucionan el tema pero que tienen un desagradable efecto secundario: te destrozan el estómago. Si bien son notables las explosiones de luz y color (y chimichurri) que se producen cuando voy al baño, no son nada comparadas con la halitosis que se me provoca, que parece que estoy podrido por dentro.


Así que ya sabes, si tenías pensado besarme apasionadamente, espérate un par de días. O mejor, apúntate al grupo de señoras que hacen gimnasia en los aparatos de los parques.

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