El Palau de les Arts

Ains. Por fin entré al Palau de Les Arts de Valencia. Ya estamos todos más que hartos de ver La Ciudad de las Artes y Las Ciencias de Violencia en doscientos anuncios de coches, no hacen falta más fotos ni decir que el conjunto es espectacular y el teatro en sí impresiona un huevo.

La parte exterior vista desde el lateral es el Calatrava típico pasado por el casco de los del Comando G. Muy bonito. Y claro, luego eso contrasta con la austeridad de polideportivo de pueblo que hay dentro. Me imagino cómo deben estar las doña Malenis y señás Amparito de Valencia: ¡¡¡Pero si no hay donde lucirse!!! Mucha pasarela exterior pero nada más entrar dentro sólo un minivestíbulo y hala, a la sala. Y vaya vestíbulo: ni una alfombra, ni una lámpara araña, ni un adorno barroco, ni un mal dorado. ¡Che, esto no es un teatro como manda la Maredeueta! ¡Que esto no es Valencia!

El sobrio vestíbulo es el único espacio "social", por así decirlo. Y en los entreactos, como no hay cafetería, allí se ponen unas mesitas y se sirven los canapiés. Porque en los pisos altos sólo hay un pasillito al aire estilo escalera de apartamento de playa.

Una vez más, a Calatrava se le ha olvidado que es un edificio en el que va a haber personas que tienen que moverse y que tienen sus necesidades. Los servicios son escasos y enanos, y las escaleras de acceso, sólo dos, de caracol, insuficientes y yo diría que hasta peligrosas en caso de emergencia. Ídem con los ascensores: dos, y enanos, para toda la sala. Sé que hay más espacios y que no está abierto todo el edificio, pero lo que es la sala principal, ése es el acceso.

Por dentro, la sala es anchísima y con un gran patio de butacas. Es un teatro para ricos: aparte de que los precios de las localidades son escandalosamente caros, las entradas baratas (las laterales o sin visibilidad) son una minoría ridícula en proporción al resto del aforo. Las butacas son estrechitas pero hay mucho espacio entre filas. Y, como a estos arquitectos les da lo mismo, el desnivel entre filas es mínimo y las butacas NO están contrapeadas, así que la cabeza del de delante molesta mucho. Otra genialidad.

El público es muy charlatán. Habla durante la función, y cotillea. Y si suena un móvil, en vez de enfadarse se ríen, y cosas así. En la entrada había una macroconcentración de visones sólo superada por la de la iglesia de San Lesmes en Burgos. De hecho creo que yo era el único que no iba vestido de negro, y claro, así me paró el segurata preguntándome si yo "iba a la ópera". Mucho clasismo, aunque con los precios que tiene, no me extraña.

La ópera,
Cyrano de Bergerac, de Alfano, fue una sorpresa tremenda -inmenso Domingo, fabulosa la Radvanovsky- y compensó la vuelta a Madrid en coche el domingo por la noche, solito, lloviznando por Cuenca y llegando a Madrid a las dos y media de la mañana. Menos mal que escuchaba a Prim Lalá.

No vi a Rita. Claro, ella sólo irá al estreno, a quitarse los zapatos mientras dormita.
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Mi crónica de la ópera, para quien le interese, aquí.

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