Actitudes

Creo que todos conocemos los rituales de apareamiento entre machos en celo: llegada al bar de ambiente, escaneo general, fichaje, análisis de acompañantes, cálculo de probabilidad de éxito, elección de táctica, ataque, hostión, bajada de listón, rebusque, etc.

Lo que me resulta absurdo es lo rígido de estas dinámicas de comportamiento: ese poner cara de poker (no sonreir jamás), el yo-te-sigo pero ahora me paro para ver si me sigues tú, la mirada penetrante, el “me estás mirando pero yo me hago el interesante”, el pavoneo... Todas estas actitudes son muy habituales y todos tragamos con ellas pero, en el fondo, ¿no raya a veces lo patético?

Pongamos un caso práctico: Dos amigos salen una noche en plan rodríguez. Uno deja al marido en casa y el otro en el fútbol. Con la relajación mental que supone no ir a la caza, salen al ambiente a ver tíos guapos y a divertirse (¿es incompatible ambiente con divertirse?). Y, nada más entrar a la discoooou, se encuentran a un tío imponente.

Huy, vamos a acercarnos a ver mejor, se dicen. El tío imponente (no especialmente guapo pero absolutamente merendable, con muy buena percha) se cosca de que alguien lo está mirando, suelta una mirada “cuidado soy un serial killer pero también una perra” e, ipso flauto, se agarra a su acompañante y lo empieza a besar y a sobarle el culo.

Si hubiera ocurrido de manera natural pues vale, dos novios se magrean en la disco. Pero aquel descarado cruce de miradas y sobeteo exhibicionista inmediato... ¿era para marcar territorio? ¿para dejar claro su estado civil? ¿para calentar al personal? ¿para reafirmar su stablishment? ¿y nosotros no habremos hecho eso mismo o algo parecido en otra ocasión? Ay, qué absurdas somos a veces.

El siguiente vídeo va dedicado al imponente hombre de verde.


Ah, ya he terminado de ver Dexter. Tremenda, enfermiza, impresionante, perturbadora. A verla ya.

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