Y en plan maleni radical


Soy un colaborador traidor del blog maleni (ése que está empeñado en borrar la amenaza del malenismo en nuestro mundo) porque cuando en casa se nos cruzan los cables... somos los más malenis del mundo. Porque en el fondo yo he sido siempre muy infiltrado.



Estas navidades tenían en el supermercado del barrio una caja llamada "Kit completo de Tarta Clásica", de la prestigiosa marca "Voilà", conocida worldwide, claro.




La caja contiene un sobrecito de preparado para hacer bizcocho, otro para hacer crema, un paquete grande de fondant blanco, tres paquetes pequeños de fondant de colores, un molde, una plantilla para troquelar el fondant y una bandejita dorada de cartón.






A todo esto sólo hay que añadir tres huevos, leche y mantequilla para poder hacer tu propia tarta maleni. Y se vendía al módico precio de 9,99 €.

¿Cómooooo? ¿10 eurazos para hacer una tarta de polvos en la que tienes que poner tú ingredientes, hornear y además decorar?

Como es lógico y natural, el éxito de ventas fue clomoroso. Vamos, que cada día que íbamos veíamos la jaulita con las tartas en un sitio estratégico, y siempre repleta.

A principios de año el precio bajó a 5,99 € y la semana pasada las vimos a... 0,50 €.


¡50 céntimos! ¡Quién se resiste a ser maleni por un día a 50 céntimos, 215 mililitros de leche, 50 gramos de mantequilla y mucha paciencia! La compramos ipsoflauto.

Engrasé el molde, mezclé los huevos con los polvos del sobre grande y... a batir. Aquello empezó a subir de una manera espectacular. Tanto que casi tengo que cambiar de vaso. Pero no. Una vez alcanzada la consistencia que a mí me parecía bien, hala, 30 minutos al horno de convección a 175 ºC.

Y salió algo tal que así:




Perdón, así:





Porque en el horno subía, subía y subía sin parar.

Luego ya preparé una especie de crema pastelera con el contenido del sobrecito B plus leche. Dejé enfriar. Tx cortó el bizcocho en dos (que yo para eso soy un desastre) y rellené con crema. Con otro poco de crema apartada previamente y mantequilla, se cubre toooodo el bizcocho para que pegue el fondant.

Y luego el coñazo con el fondant. Conocedor el Tx de mis limitaciones manuales (soy más oral, qué se le va a hacer), amasó él el fondant, cubrimos la tarta, recortamos lo que sobraba y con el de colores hicimos florecitas (porque teníamos un molde en casa).

Resultado:


Me dirás que no es una pocholada bien cuqui.

Y si ya la llevas a casa de un amigo (que si lee esto se habrá enterado de lo que nos costó la tarta, pero lo que importa no es el dinero, es que la hicimos con todo nuestro amoooor), la pone en un plato plateado (redundancia) y queda tal que así...





... a ver quién es el listo que se atreve a criticar.

Pues yo.

Porque, veamos, el bizcocho era tan, tan, tannnn esponjoso que parecía gomaespuma de colchón barato. El sabor no estaba mal, un poco industrial pero aceptable. Y la crema se podía tolerar.



Ahora, el fondant, el gran TIMO de la repostería del siglo XXI. Cariñas mías, por muy mono que quede... ES AZÚCAR Y NO SABE A NADA. Vale, que sí, que es ideal para tus amigas a dieta, pero no. Definitivamente no.

No obstante, por el precio y por el rollo DIY que tuvo la cosa, mereció la pena.

Aunque nosotros preferimos hicarle el diente a otro tipo de cosas.







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