De gimnasios y gyms (ii): la fauna




Continuando con las historias del gimnasio que contaba el lunes hoy toca… la fauna.


Para analizar la fauna que puebla el gimnasio al que vamos hay que tener en cuenta que está en un polígono industrial al que hay que acceder en coche o morirse en el intento de ir en autobús, con baja densidad de viviendas en las proximidades (y casi todas bastante nuevas), mucho hotel, apartotel y apartamento turístico de alquiler y a un paso de otros municipios. 


Es decir, que no nos encontramos ante el típico gimnasio de barrio con amplio espectro de clientes, sino que hay predominio de gente joven, trabajadores de las empresas colindantes y mucho, pero que mucho macarra de extrarradio.



Con este plantel nos encontramos con la escasez de un elemento muy habitual en otros gimnasios: la persona de mediana edad con sobrepeso que va a sudar la gota gorda en la bici para bajar tonelaje. Aunque… ¡espera! ¡Esos somos Tx y yo!


También echamos en falta el grupito de encantadoras “señoras que” van a hacer tiempo, charla y pilates al gimnasio como parte de su rutina social. Curiosamente sí que he visto dos grupitos de ese estilo pero, lejos de ser la clásica maruja, eran chicas jóvenes que se pasan más tiempo hablando entre ellas que entrenando.


Y no me llames misógino, que en nuestro gym los prototipos de maruja gimnástica son dos hombres: el primero es el “señor amistoso”, el cual, estando libres todas las máquinas, se te viene a la tuya para alternarse contigo haciendo series y así, de paso, darte palique. Y el segundo es el “oso perezoso”, un tipo grandón en la treintena que llega con su iPad y sus auriculares gigantescos color blanco. Se sienta en la bici y juega a Angry Birds mientras pedalea, y luego en las máquinas hace una serie de 10, se tira cinco minutos de descanso trasteando con su cacharro y luego se levanta para decirle a una amiga suya lo cansado que está. Son totales.



También hay muchas parejitas de chico y chica jovencitos que lo hacen todo juntos.


De los elementos femeninos, aparte de las chicas que van a todas las clases de pilates, spinning, body pump y demás, y con las que casi no coincido, hay unas pocas que me dan auténtico miedito: las chicas-máquina.



Las chicas-máquina son muy delgadas, van enfundadas en mallas superajustadas y no llevan camiseta sino un minúsculo top lo más parecido a un sujetador, dejando el ombligo al aire y realzando las tetas. Del puñado que identifico sólo hay una a la que yo consideraría la clásica “tía buena”. Las otras me resultan chupadas, excesivamente delgadas. Pero claro, imagino que el 90% del público masculino babearía por ellas. 

 

Las chicas-máquina no hacen cardio (hay una que sí que va al Body-Combat, lo cual la hace aún más temible). Van directamente a la zona de levantamiento de peso y las ves allí tirando y levantando pesas que las duplican en volumen. Son my serias, van solas y no se relacionan casi con el resto del personal. Vestidas imagino que dan imagen de fragilidad femenina, pero ojo con molestarlas, seguro que te pegan una hostia que te dejan en el sitio.



El terreno masculino (marujones aparte) da para un ensayo sociológico, psicológico y todo los lógicos que se te ocurran: es alucinante el nivel de narcisismo al que se ha llegado. Nuestro gimnasio es alargado: en la sala central hay un pasillo que sale de los vestuarios y separa el espacio en tres: la zona cardio (donde estamos las focas que queremos bajar peso subidos a las bicis) al lado de la zona de máquinas y, enfrente, la zona de pesas.


Es decir, que todo el que sale de los vestuarios tiene que pasar por delante nuestro haciendo un paseíllo. Y… ¿por qué todos andan así como echando los hombros hacia atrás y balanceándose? Vamos, que sólo nos falta ir sacando puntuaciones.

 

Los tíos son muy “colegas”. Aunque el gimnasio es nuevo, casi todos han llegado rebotados del otro de la zona que cuesta tres veces más, así que muchos se conocen y entrenan juntos. 


Predomina el macarrismo: tíos que hablan a voces con actitud excesivamente machirula, chándales brillantes, tatuajes de todo tipo y hasta alguno con unas mechas espantosamente puestas.



Hay una cosa común a todos: el volumen torácico desaforado. He notado cómo se van mirando las tetas los unos a los otros. Auténtica pectoralia.com. Y lo que más me llama la atención es que he observado que bastantes sólo se ocupan de torso y brazos: los hay tipo peonza que luego tienen unas patillas de alambre y otros que tienen tetas de escándalo pero luego la parte de la tripilla la tienen muy floja. Y no es que en los vestuarios esté pendiente de ellos, no, es sólo que me fijo para poder contarlo luego en el blog.



Porque, a ver, de todos es conocido que yo en cuanto me quito las gafas a más de dos metros de distancia sólo veo borrones de colores, y en las bicis me las quito porque paso de ir sudando y llenándolas de vaho. Pero en las máquinas y en el vestuario me las vuelvo a poner. Anda no, que voy a ser tonto o qué, privarme yo del espectáculo, pachasco sería.


Y es que, señoras y señores, una cosa hay que reconocer: ¡menudos culos tienen casi todos! Y yo que ando acomplejado con lo de mis tetas caídas y mis culillos menguantes pues imagínate cómo se me queda la cara cuando el de al lado vuelve de la ducha. Eso sí, los hay muy pudorosos que se van con los calzoncillos puestos a ducharse y se cambian dentro de las cabinas.



En los vestuarios se producen los momentos más surrealistas. Nada más terminar de entrenar (el entreno, el entreno, nada de decir entrenamiento que es muy largo), todos sacan su botecito de polvos y lo rellenan con agua en el grifo del lavabo (puagh, qué asco) para hacerse su batido. Y empiezan a hablar entre ellos sobre qué proteínas son las mejores, cuánto les cuestan y dónde las compran. Luego llegan los dos minimacarritas que se quedan mirándose en el espejo hablando de si el nutricionista ha conseguido que se les note menos la grasa. Y luego los de más allá comentan la rabia que les da tener pelo en el pecho y qué hacen para quitárselo (“a mí no me importa estar calvo, pero con lo del pelo del pecho no puedo”, conversación literal).



Pues lo que hacen para quitárselo es afeitárselo en las duchas, que menudos cerdos, porque dejan restos de jabón y pelos y hasta las maquinillas desechadas, qué asca.

Porque allí el que no está depilado del todo (y si digo del todo también incluyo las ingles brasileñas) está rasurado dejándose los pelos con un largo de 1 cm máx. Qué cosas. Y luego se untan cremas, se enfundan en sus calzoncillos de colores ultraajustados (y de marca), se visten y se tiran un minuto colocándose la crestita con gomina en el espejo. Vamos, que decir presumidín es poco. 



Y perdona pero no, que las novias se puede empeñar en depilarles las cejas (pocas cosas hay más peligrosas que una chica con unas pinzas), pero lo de comprar ropa interior que parece sacada de una peli porno gay lo hacen ellos mismos.



Por supuesto que hay mucho brutanganismo, tiarrones de esos que los ves y no te hace falta utilizar la máquina de abductores (la cesárea) para despatarrarte ipso flauto, pero guapos, lo que se dice guapos de quitar el sentío, sólo hay dos: uno de ellos, moreno de pelo ensortijado con unos ojazos que te mueres y que tiene pinta de que cualquier día de estos va a dejar una bomba dentro de la mochila en el vestuario. El otro, un chico muy serio sin un solo pelo con la clásica mandíbula cuadrada y un tatuaje de unas letras japonesas (lo que los frikimangas llaman kanjis) en la parte posterior de los gemelos que dan ganas de preguntarle qué quieren decir y si se le pueden borrar con la lengua. Ains.


En el terreno marica poco hay.



Está la pareja de cuarentones pasados de kilos que se quedan en la elíptica mirando a todos y cada vez que aparece un tío bueno se dan un codazo y resoplan o hacen un gesto de aprobación pensando que no los ve nadie. Es decir: tx y yo.


Luego otro tipo osezno que trabaja enfrente y que escudriña a todo el mundo. Y, querida, me dirás, cómo sabes que es marica y no otro de tantos. Pues porque esa mirada nos la tenemos muy conocida, que son muchos años de ambiente, joer.


Sólo un día nos hemos encontrado con una pareja abiertamente gay que se estuvieron dando besitos delante de todo el mundo sin cortarse en la zona de pesas. Musculoca mayor + Jovencito Musclebear. De libro ambos.



Y finalmente uno alto y delgado con una camiseta bastante llamativa que estaba en la bici y que supe inmediatamente que entendía porque NADIE que no sea gay se sabe de memoria la letra de las canciones de Katy Perry.


Terminaré con un elemento que no sé si será mari o no, pero desde luego tiene todos los puntos. En los cuarentaytantos, muy musculado (casi culturista), depiladísimo, con la piel color rotulador Carioca marrón y un aspecto como muy reseco y corte de pelo Mohawk con crestita a lo “Pájaro Loco”. Lleva pantalones de camuflaje o shorts mínimos, y luego unas camisetas en las que el escote le llega al ombligo y la sisa de las mangas a la cintura. Da perfectamente el pego del que ha sido gogó de discoteca hace 25 años y ahora subsiste como camello de poppers y GHB en las discotecas de segunda B de Ibiza o en el Fabrik de Humanes.

No es así, pero es que no he encontrado una foto adecuada.


El gimnasio abrió el 1 de octubre y la promoción de inscripción era de tres meses. Se nota que ha habido bajas pero también que han llegado nuevos elementos con los propósitos de año nuevo, y eso me da una rabia… porque joder, ya los teníamos a todos medio controlados. Y encima vuelve a haber overbooking de gente por las tardes, no veas el arte que hemos adquirido Tx y yo para pillar la máquina de abdominales al vuelo en cuanto se queda libre.




Y una vez hablado del hábitat y de la fauna permíteme que no hable de la flora, porque el tema hongos me da mucho asco y estoy convencido de que unos granitos que me salieron en las palmas de las manos no fueron de hacerme pajas sino de un día que me subí a una elíptica que acababa de dejar otro y tenía los remos sudados.


Esta tarde vuelvo al Cardio Boxing. Ya te contaré quién hay.



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