40 Café. Papá Pitufo, Papá Pitufo


Aprovechando las fantásticas ofertas del aniversario del AVE Mandril-Violencia, el sábado se presentaron online los pikitonis en la capital del reino y, claro está, quedamos a comer.

La elección fue el 40 Café, que tx tenía ganas de conocerlo desde hacía tiempo. Tx, al contrario de lo que se supone en su gremio, está totalmente abducido por la Ser y todo lo que ella conlleve, y si la Gemma dice que hay que conocer el 40 Café, hay que ir. Así que aprovechando la visitilla, reservé. Mesa para siete el sábado a las dos y media. Perfecto, sin problema, me toman el número de teléfono y tal. Bien.


El 40 Café está en Gran Vía, en lo que eran los recreativos (sacacuartos engañamuchachos) de entrada a Los Sótanos, que era una galería comercial absolutamente tétrica y deprimente que hace como 20 años que ya no debe existir y que hacía honor a su nombre: eran una serie de locales comerciales en una especie de laberinto subterráneo que acojonaba. Vamos, que a mis amigos del cole los atracaron allí, con eso te digo todo. Pero estaba Discoplay, y era cuando todavía algunos comprábamos discos y allí estaban baratos. Yo no sé qué habrá sido de esos Sótanos, si estarán integrados al hotel o qué, no sé, lo mismo están tapiados y dentro crece una civilización de suburbanitas albinos que algún día conquistarán la tierra y acabarán con la humanidad.


La entrada al 40 Café es hortera, como debe ser, con una escalinata y una pared de luces de colores. La chica de la puerta invita a entrar y a que te saques fotos, como si estuvieras en Picadilly, insistiendo en que sacárselas es gratis. Vale, la gente se las saca. Luego tiene en la planta de arriba una tienda con camisetas, detallitos, complementos y souvenirs tan absurdos como el menú del restaurante o el cestito en el que te ponen las patatas. Superguays.


Una vez reunidos todos bajamos las escaleras y allí no estaba mi nombre por ningún lado. A ver, no me extraña, tenían apuntadas las reservas en un folio. Vamos, de una profesionalidad total. No os preocupéis, me dijeron, y nos prepararon una mesa, el sitio no estaba lleno aunque casi. Lo que ya no sé es si cualquier otro día van a llamarme diciendo que no hemos aparecido a comer, pero seguro que no, porque se les habrá perdido el folio.

Dentro hay una cabina de radio desde la que ponen grandes éxitos de ayer y hoy, más bien de ayer. Bueno, agradable, muy M80 serie Oro y sobre todo no está a tope de volumen como en otros restaurantes del estilo. Aparte de restaurante, tiene un bar en la entreplanta. Y dicen que hacen conciertos, como de Lenny Kravitz, Melendi o Amaia Montero (nivelazo, o sea, vamos).


La comida es tipo "Yo quiero ser un Hard Rock Café" o lo que es un Hollywood venido a más. De entrantes tomamos unas alitas de pollo que más bien parecían de brontosaurio por lo grandes (y por la poca chicha que tenían) y un calamar cohete (la digievolución de los bocatas de la Plaza Mayor) . Dos de cada, para compartir.


Y, de plato principal, una hamburguesa. Sí, también hay pasta y sucedáneos orientales, pero elegimos todos burger.

Y, como yo la pedí SIN cebolla, a mí me tocó el panecillo azul. Porque sí, porque son muy modernos y muy cuarentaprincipaleros y te puede tocar el panecillo normal, amarillo, rojo o azul. Bueno, el bollo era así como verde.


De sabor aceptable, no estaba mal. La ensalada de acompañamiento, una ridiculez (pero bueno, es un acompañamiento) y las patatas bien.

Postre no pedimos porque lo siento mucho, maricarmen, pero yo no me gasto 8 euros en un postre, por mucho que se comparta. Me parece un exceso injustificado.


Lo que sí tomamos fue café y oye, hay que reconocerlo, buenísimo: cremoso, bien extraído y fantástico de sabor. Un diez.

¿Conclusión? Con entrantes a compartir, una hamburguesa de principal, una cerveza, sin postre y con café, 28 euros por persona. No es que sea un timo, pero NO LO VALE. No volveremos.

A la publicación vía Facebook de fotos mías engullendo tal engendro he respondido con esto:


Pero tranquis, es broma, se trata de la pastilla higienizadora de cisternas de inodoro "Bosque Verde".

Y luego como los pinkis se iban por la noche, y precisamente por la noche llegaba el Yunza (el coreógrafo de Beyoncé) de Londres, estuvimos todo el santo día zascandileando por el centro. Tocaron dos visitas a ver la iluminación de Chueca (que sigue siendo la misma pero está muy bonita) y al Mercado de San Antón, que es una horteradita superturis pero de visita obligada al que no lo conoce. Subes hasta la terraza y vuelves a bajar. Por cierto, qué precios en los puestos, nena, una tableta de turrón 10 euros.

Y tocó volver a cenar por ahí (ya sabes, overdose de Almax por la noche) y tomar la copa de rigor. ¿Qué tiene de malo estar todo el día en danza? Pues que acabas machacado, pero fue como en los mejores tiempos: nos fuimos encontrando con todo cristo, que si Perla, P Chueca, otro grupo de amigos...


Estoy esperando a que en el Fu3l pongan una alfombra roja en todo lo largo que es el local y sillitas a los lados en dos niveles para sentarnos en plan "Ana Rosa y Ana Botella presentes en la pasarela Cibeles". Porque chico, qué de desfiles. Si estaba todo el u4Bear allí metido. Lo mejor, que llegó un tío de esos impresionantes impresionantes, alto, cachas, con unos brazos más anchos que los muslos de Leire Pajín y cierta primitiveidad en la expresión que lo hacían aún más merendable. Y pasó al lado nuestro. JOOODER QUÉ PESTE. ¿Era sudor o acaso es cierta la leyenda urbana esa de que las mierdas que se meten en los gimnasios les hacen oler a rayos? Vamos, que se agradeció cuando se abrió la puerta del baño y salió ese clásico olor a ambientador de flis de cine de sesión continua.


Una vez reunidos con otro grupo de gente (y cuando ya empezábamos a parecernos a un cole o excursión benidormí), acabaríamos en otro local de peor calaña, pero ya no es relevante el saber a quién nos encontramos a la salida.

Y sí, al día siguiente la caca salió un poco verde.


Blog Widget by LinkWithin