La mecánica del corazón


¿Alguien no ha sentido alguna vez una alteración intensa de la mecánica de su corazón provocada por el amor?

Éste es el tema de este cuento de Mathias Malzieu que está en lo más alto de las listas de ventas de libros.

Los viajes de trabajo son aburridos. Francamente, visitar un polígono industrial no suele ser de lo más atrayente. Y si tengo que hacerme casi mil kilómetros en coche pues mira, hago noche, me cojo un hotel apañado y divido en dos la kilometrada.

Comer solo no es grave, te vas a cualquier sitio y con un bocata vas listo. Lo de cenar solo ya es más deprimente. Mucho más deprimente.

Aquí habría que hacer la salvedad de que hay veces que es preferible comer o cenar solo que acompañando a un cliente o proveedor con el que no tengo más puntos en común que el trabajo. Nunca he salido de copas, y menos de putas, con alguien relacionado con el trabajo. Y pienso seguir sin hacerlo. Aún así, lo de cenar solo deprime.

Afortunadamente, y aunque la sicóloga que me "orientó" en COU (yo hice cou) me dijera que era un insociable y mi amiga la de Almatosa se empeñe en que soy una arisca (así, con todas las letras, me llama arisca), mis múltiples personalidades telemáticas, cibernéticas, mariconísticas e internáuticas a lo largo de los últimos lustros me han permitido conocer gente de aquí y de allá, y rara es la vez que no "quedo" con algún conocido o desconocido "nick". Pero también muchas veces llego bastante tarde, cansado, con pocas ganas de nada y no es plan ponerse a movilizar a nadie un día de diario. Aparte de que a mi tx, aunque no es nada celoso, es algo que no le hace ni pizca de gracia (cosas suyas).

Así que en esas estaba yo el otro día, en un hotelito sencillo y limpio al que llegué mal que le pesara a mi GPS, con el único aliciente de cenar los dos sándwiches envasados que había traído de Madrid y con un precioso Carrefour como único elemento arquitectónico a la vista desde mi ventana. ¿Y si me acerco al Carrefour a ver si hay algo más suculento que me apetezca echarme a la boca y a comprar algo de beber?

Y nada más entrar estaba el expositor de libros. Y me fijé en La Mecánica del Corazón. Y me gustó el argumento. Y vi que no llegaba a las doscientas páginas. Oye, pues perfecto para no aburrirme con la tele y pasar la tarde/noche. A ver, si no sabes nada de ese libro, Mocho, y además ya sabes cómo eres tú con las novelas: las coges con muchas ganas y a las cincuenta páginas las dejas porque te aburres. Por no hablar de tu ya conocida falta de concentración y que te distraes con cualquier chorrada. Ay, hijo, yo no tengo la culpa de que las últimas cosas que haya intentado leer hayan sido unos coñazos soberanos. Esto no es una novela pseudohistórica falsa, un absurdo culebrón de mariquitas atormentadas ni una fantasía trepidante de conspiraciones y misterios escrita a base de hipervínculos de la Wikipedia. Hay que darle una oportunidad.

Que me emperejilé, vamos. Y salí del Carrefour con una botella de agua, un zumo de mango y maracuyá, una bebida alta en cafeína (para el viaje del día siguiente), unas zapatillas playeras muy, pero que muy payasas, aceite para el motor del coche y el librito. Es de esas veces que pones todo en la cinta de la caja y piensas en lo que estará barruntando la madre de familia que tienes detrás y que está esperando a que acabes de colocar tus mierdas para poner su compra de la semana (Señoras que colocan su compra en la cinta del Carrefour encima de la tuya).

Resignado a que el libro iba a terminar recogiendo polvo en una estantería, volví al hotel. Me fijé en la calle trasera del Carrefour. ¡Pero bueno! ¿Es que en la trasera de todos los Carrefoures de este país hay cancaneo de señores en cuanto se pone el sol? Qué cerdas. Me puse digno, levanté la nariz y hala, al hotel.

No serían ni las nueve de la noche. A eso de las doce y media había terminado de leer el libro. Y sin saltarme párrafos. Me vi envuelto en una historia y en una manera muy particular de contarla.

La Mecánica Del Corazón tiene un argumento muy sencillo y muy lineal. No ocurren grandes cosas ni hay vueltas de tuerca o follones enrevesados. No. Es un cuento de amor con tintes fantásticos y poéticos.

Digamos que es un relato decimonónico dulcificado. Tiene cosas de los cuentos de Poe en cuanto a la inmersión en las neuras y obsesiones de la mente del protagonista. O de las leyendas de Bécquer en el tono fantástico. Y si me apuras, también se le pueden sacar retazos de las novelas de héroes románticos viajeros que se recorrían el mundo incapaces de desprenderse de la fatalidad de un destino que les acompañaba siempre.

Por supuesto que también tiene su trampa: es un cuento alargado hasta convertirse en novela. Hay muchos párrafos de adorno, llenos de imágenes poéticas o fantásticas. En fin, que se lee en un pispás.

Los derechos para una adaptación cinematográfica ya han sido comprados y aunque uno, leyéndolo, se imagina que sería ideal para los desparrames mentales de un Tim Burton (es imposible que no se venga a la mente Eduardo Manostijeras al leer la novela), se agradece que no se los haya comprado él, porque ya está uno un poco harto de su mugrienta esposa y del pelo grasiento de Johnny Depp. La cosa es peor: los derechos los ha comprado Luc Besson, el de "El 5º Elemento" (¿verde? ¡Superverde!). Puede salir cualquier cosa.

Mathias Malzieu además, es músico multiinstrumentista y tiene un grupo musical llamado Dionisos. Vamos, que es muy apañadito. Y en 2007 Dionisos publicó su disco La Mécanique Du Coeur, que es una serie de canciones basadas en este libro. ¿Qué fue primero, el libro o el disco o las dos cosas a la vez? Ni idea.

El caso es que el disco (que lo he bajado, no soy tan freak) es un horror, por mucho que salga gente famosa en él, como Rossy de Palma o Eric Cantona. Nada, ni se te ocurra. Suena tan tan tan francés.

Al caso: Que la novelita está bien, que puede tranquilamente cubrir tu necesidad de barbaracartlandismo porque es una novela de amor, o tus dosis de "qué rara soy" por su toque fantástico, o tu vanidad de "qué interesante soy" leyéndotela en un pispás.

Y el final, un poco precipitado y rápido después de tantas veleidades, pone las cosas en su sitio.

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