Oh sacrilegio


Qué quieres que te diga (que mi vida va genial), ayer me salí de la ópera en el intermedio (clic). Que sí, que mucho Händel y mucho barroco y mucha orquestilla de prestigio, pero aquello era un aburrimiento. Hora y tres cuartos de tirolín tirolán tirolín tirolirolirolirolirán en las que lo único que merecía la pena era la protagonista. Y me quedaba el entreacto y luego otra hora y media más. No hija no. Que ahora que vivo en el quinto coño tengo que atravesarme todo Madrid en metro, llegar hasta donde tengo aparcado el coche, cogerlo (¡!) y largarme al polígono. Francamente, llegar a la una no me apetecía nada, por mucho ambiente que hubiera en el teatro (tanto entre el público como sobre el escenario). Anda que no. Que ya ves tú cómo me lo monté, que llamé al tx a la salida del teatro y llegué a casa a tiempo para ver un programa de la tele en el que salía el hermano de un amigo y con la cena recién preparadita. ¿Sí o qué? Y ahora todos los operapuristas me están diciendo que me perdí lo mejor, que la cosa se puso superinteresante y megamaravillosísima. Pero como soy un ansioso, un frívolo y un insustancial, yo me fui. Por cierto que peazo dos borricones que se me pusieron al lado en el metro. Estoy salido. Será la luna llena. O el resacón del fiestón de Halloween de superhéroes que montamos en casa. O el momento super dabadaba revival project de José Luis López Vázquez con las Buby Girls.



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