Si es que me voy a tener que abrir otro blog


Porque si no a ver cómo cuento yo de manera semianónima toooodo lo que ha pasado este finde sin sacarle los colores a más de una que yo me sé o a mí mismo. En fin, comentaré aquí el principio y el final, que si no me tiro un rollo que ni pa qué y me sale la anónima subnormal de turno a criticarme la pérdida de tiempo (después de haber entrado ELLA unas diez veces al blog en dos días, claro).


Que sí, que vimos la de Amenábar, la Ágora de la Hipatia ésa.

Vamos a ver, está bien. No es la quintaesencia de las maravillas pero está bien. Lo que cuenta es muy interesante, la recreación histórica no huele, tiene ritmo y crea tensión... ¿Y entonces? Pues que no llega. No se consigue empatizar con ningún personaje y ninguna de las pasiones que se muestran llega a conmover: ni la pasión de Hipatia por la astronomía, ni la del esclavo, ni la del prefecto. Sólo los malos malísimos están bien dibujados. Y es que donde más mimo ha puesto el director es en narrarnos así un poco maniqueamente los tejemanejes religiosos y las guerras de poder que se esconden tras los fanatismos. ¿Ataque al cristianismo? Pues mira, sí, pero es totalmente aplicable y trasladable al talibanismo islámico o al fanatismo judío.


Agora se queda como una peli supercorrecta y tal (tal significa muchas cosas, claro). Como hasta la fecha yo desconocía cualquier referencia histórica hacia la señora Hipatia y compañía, ignoro si la peli es rigurosa con la historia, aunque el trasfondo histórico del guión es como una novela de Dan Brown, parece que está sacado de la wikipedia. Por lo que he leído, la Hipatia real tendría unos sesenta años en la época de los hechos y sería alguien más influyente y poderosa que la mística y buenrollito Rachel Weisz soñando con elipses que pasa por la peli como si el mogollón historicorreligioso no fuera con ella. Aparte, la biblioteca que se destruye no es la legendaria de Alejandría, sino una posterior.

Eso sí, la recreación histórica de la decadencia y caída del imperio romano está muy conseguida. Nada chirría y no hay excesos infográficos salvo unos planos Google Earth un poco reiterativos. La estatua del dios está encargada a algún maestro fallero porque es lo que más canta, pero el resto, chapeau.


Parte de la culpa de la falta de apasionamiento la tienen los actores masculinos elegidos para acompañar a la Weisz. Parecen todos como los clones malos de otros actores famosos. Max Minghella es un Colin Farrell inexpresivo con cara de pan y el Sinesio es como un Brad Pitt atontado.


Mejor está Oscar Isaac (Orestes), aunque a mí me parecía que en cualquier momento se iba a desmelenar, poner liguero y marcarse un Rocky Horror Picture Show.


Que sí, que nos gustó. Que el cine estaba abarrotado y, lo más sorprendente, callado.

Ahora, las dos pelis más esperadas y publicitadas del año, Ágora y Los abrazos rotos, pecan de lo mismo: no llegan a transmitirme las tremendísimas pasiones que me intentan mostrar.


Y si así empezó el largo finde, acabaría de una manera la mar de surrealista, pero eso ya... otro día. Por cierto, qué cansino el último de la Bartoli. Agotador.


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