Cena de gala Chez Móchez-Tx


Siguiendo nuestra natural tendencia al malenismo más absoluto, este sábado pasado tuvimos en casa una cena de gala.

En casa nuestras cenas son siempre de gala o de semigala, siendo la única diferencia que en las de gala las servilletas son de tela. En las de semigala, de papel, pero siempre muy elegantes, oiga.

El caso es que mi querido Tx, con todo lo alto, lo serio y lo machirulo que es, se vuelve loquísimo del potorro cuando le toca meterse a cocinillas y epatar a los invitados, y esta vez no iba a ser menos.


Teníamos a parejita chico-chica a cenar, y la costumbre de mi tx es iniciar la velada con uno de sus ya clásicos cosmos para romper el hielo. ¡Pero se resistieron! No querían cosmos después de que el varón dijera que la última vez que tomó los cosmos de TX acabó muy mal. Piensa, mocho, piensa... ¿qué les ofreces? Pues ya está: un aperitivo de un vinito acompañando a mejillones al vapor preparados con mi sudadera de Italia azul con letras doradas comprada en el HiperAsia del polígono y que es un peligro para la cocina, porque si te salta una chispa seguro que se consume y desintegra por combustión al instante. Pero como nosotros tenemos nitrocerámicaaaa, aaaaaah.


El caso es que, de aperitivo, los mejillones con Marina Espumante.
Es el vino ideal para achispar a mamis, abuelitas, tías y hermanas. Porque es dulce, espumoso, entra superbién y tiene baja graduación. Vamos, que es una auténtica mariconada de vino.
Después de haber probado otros vinos espumantes similares, nos quedamos con el Marina. El italiano de Mercadona es muy vulgar e insustancial. El Vegaverde de la omnipresente bodega Don Simón es malo con regodeo (y si ya coges el rosado es para potar, es peor que el peor Lambrusco). Y el Yllera 5.5 verdejo frizzante se queda corto de alcohol.
Así que Marina Espumante, que fresquito entra muy bien y está muy rico, mmmm.

Los mejillones: una francesa (de verdad) me dijo cómo se tomaban en su tierra. Coges uno y te lo comes. Y luego usas su cáscara como pinza para sacar los bichos del resto de mejillones. Queda muy "casual" y muy "social".


La mesa.
El protocolo de nuestra mesa es siempre muy parecido. Sólo cambiamos la combinación de colores. Primero el mantel, y luego los caminos de mesa, que sí, quedan muy malenis, vale, pero sirven para que no le caigan al mantel los manchurrones habituales. Después los bajoplatos metálicos, que sirven para no manchar tanto los caminos...¡esto es una cadena sin fin! Los servilleteros, de espejitos tipo bola de discoteca, of course.

La vajilla: había que decidir entre la blanca de filo plateado o la negra de Arcopal. Tocó la negra, que es menos repimpollesca. Y ya las copas, vasos y un par de candelabros que le dan el toque Floria Tosca. Me vas a decir que no quedó chula:


Y lo importante, la comida:
De primero, una ensalada estratificada en forma de paralelepípedo consistente en tomate, hierbajos de solar, mango, aguacate, champiñones y langostinos, aderezada con vinagreta de trufa. Un clásico.




De principal, otro clásico: solomillo de cerdo al horno. Tx lo enharina, lo sella en la sartén con aceite y luego lo mete al horno. Salió exquisito, en su punto y superjugoso. De vino, un Ribera del Duero.

 
Además, preparó un par de salsas a base de puerro: una con miel y mostaza y otra al curry.
Sobró como medio litro de cada una, este chico no tiene mesura.


Y para postre, como estamos en época sana: fresón macerado en zumo de limón y azúcar, acompañado de kiwi, plátano y una mistela alicantina, para cerrar el círculo alcohólico levantino.


Y, como de costumbre, todo un éxito.
Y, como de costumbre, TX me prohibió que me acercara a la cocina durante todo el proceso culinario.
Y por culpa de esta cena no pudimos ir a ver a Los Cosbrite.




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