La culpa la tuvo la pequeña Vanessa. (Eurovisión 1)

Pese al revuelo provocado entre mis amigos y conocidos, he de decir que a mí el festival de Eurovisión es algo que me importa tanto como las pérdidas de orina de La Conchita Velasco. Lo que pasa es que Eurovisión tiene un componente tan petardo y promaricón que siempre hace gracia verlo en compañía de amigos, hacer fiestas y soltar todo tipo de comentarios malvados.

Pero hubo una época en la que fui miembro de un club eurovisivo. Y la culpa de todo la tuvo la pequeña Vanessa.

Grandes relatos:

Mi querido amigo el Pikitoni mayor solía frecuentar el café Claca en Violencia junto a un amigo suyo. Como uno era alto y el otro pequeñín, el camarero del Claca, que tenía una gracia tremenda, apodó al segundo “la pequeña Vanessa”, en sentido homenaje a la hija de Manolo Escobar.


Pues bien, una noche de invierno de hace muuuuchos años, nos fuimos el medio Pikitoni, la pequeña Vanessa y yo a la fastuosa discoteca Ales de la calle de la Sangre. Allí anduvimos charlando, bebiendo, bailando, perreando... nada excesivo, lo normal. Y llegó la hora de irse a casa.

Mocho: ¿Qué? ¿nos vamos?
½ Pikitoni: La pequeña Vanessa está en las oscuridades.
Mocho: Pues bueno, cuando termine que se vaya él.
½ Pikitoni: Es que yo no puedo irme. Él tiene el resguardo del guardarropa.

Pos vaya. Naaada. A aguantar un poco más. Y la discoteca se fue vaciando. Y llegó la hora de las rebajas. Y un señor con bigote miraba al medio Pikitoni con deseo. Y yo me lancé a la pista, que estaban poniendo Peace & Love Incorporated de Information Society y me encantaba. Y en la pista éramos tres. Y me fijé en que los otros dos chicos bailaban totalmente a destiempo de la música. Y reían y se lo estaban pasando en grande. Y me acerqué:



Mocho: Oye, ¿qué es lo que estáis bailando que vosotros vais por un lado y la música por otro?
Joven morenito: Es que estamos haciendo coreografías de Eurovisión.

Ojiplático me quedé. Por aquella época España mandaba a Eurovisión mierdas pinchadas en un palo que quedaban, salvo alguna honrosa excepción, en puestos infames, y alguien de 20 años que siguiera Eurovisión era considerado un auténtico freak. Vamos, lo mismo que ahora pero sin el factor horterizante de OT de por medio. Y lo peor de todo es que no estaban bailando canciones españolas, sino de distintos países. Eran auténticos freakies. Mira mira, Yugoslavia 1988, me decían.

Seguí hablando un poquito con ellos y, con la (vana) esperanza de ligar con el morenito, hasta me interesé por hacerme del club al que pertenecían e intercambiamos teléfonos.


Todo ello cayó en el olvido hasta que meses más tarde recibí una llamada del chico de Valencia diciéndome que si quería apuntarme. Yo lo vi todo tan estrambótico y tan mío que dije que sí. Mandé una cantidad pequeña de dinero a un Apartado de Correos y durante un año fui miembro no activo (que no necesariamente pasivo) del club de fans de Eurovisión y recibí la revista Eurovisivos, que era un puñado de fotocopias grapadas.

Ni que decir tiene que no renové tal suscripción y que los contenidos de la revista no me interesaban lo más mínimo, pero en cuanto la saqué en una fiesta que hice en casa (en aquellas épocas en las que metía a 50 personas en mi minúsculo piso) una auténtica panda de locas histéricas se lanzó sobre la revista preguntándome qué tenían que hacer para conseguirla.

Y hasta aquí mi primera experiencia activa eurovisiva. Pero no se vayan todavía, porque aún habría más.

Ah, cuando nos hartamos de esperar a la pequeña Vanessa, me fui al cuarto oscuro, me planté en la puerta, me puse en jarras cual pescatera de la lonja y grité: ¡¡¡PEQUEÑA VANEEEEESSSSAAAAA!!!


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