Llorando con Nati

Todos sabemos que Nati llora cuando no cumplimos estrictamente sus normas de estilo, saber estar y ser chic en cada momento.

Estos días pasados la verdad es que teníamos el alma en vilo, porque estando invitados en
Villa Pikachu... ¿sabríamos comportarnos como es debido? ¿estarían los anfitriones a la altura de las circunstancias? ¿Tendríamos que coger los brioches, por muy pringosos que estuvieran, con los dedos? En definitiva, ¿Lloraría Nati? Nati la única, la especial, la que es capaz de subsistir a diario con una lata de atún y una cocacola light (verídico y contrastable por cajeras de supermercado y mi amiga Perla).

Sinceramente creo que puedo decir que después de esos tensos días, Nati, a pesar de haber tenido sus momentos, puede estar tranquila y respirar a gusto. Nati ha llorado sólo cuando tenía que llorar.

Como bien dice ella en su libro, cuando no se tiene servicio tiene que ser uno mismo el que abra la puerta a los invitados, porque ya me diréis si no los pobres, se quedan fuera. Aquí tengo que decir que los anfitriones fueron perfectos y encima nos acomodaron en la más realesca de las suites de la casa, la que está enteleada de piel de avestruz con una enorme cama en un rincón.
Sin embargo, Nati soltó las primeras lagrimitas cuando, contrariamente a sus indicaciones, no se encerró a la mascota, el peligroso Fufi, quien además nos recibió enseñándonos sus partes pudendas.
Menos mal que el disgusto se le pasó pronto a la pobre Nati al comprobar que la casa sigue manteniendo el espíritu neoecuménico y catecumenal que le da la vidriera modelo catecismo de los setenta que preside la escalera.

Ante todo, vida interior y presencia benedicta.

Pero no todo iban a ser parabienes. Aunque ella no es mucho de letras (y de ciencias menos) le chirrió bastante ese dirijen con jota en la cortina de la bañera.
Nati dice que hay que cuidar muy bien los detalles, y ya que estaba en el cuarto de baño, qué mejor que dejar un paraguas junto al plato para evitar mojarse cuando uno se ducha. No me digáis que no, es practiquísimo.
Con lo que Nati puso una cara un poco compungida fue con la lectura que siempre debe acompañar esos momentos de intimidad sentados en el trono: en vez del el Diez Minutos o el Garbo, la revista del cuarto de baño era... una de golf.
Y lo sentimos mucho, pero algo que Nati nunca, nunca haría sería robar las pantuflillas de los hoteles y ofrecérselas a sus invitados. Se pondría colorada, que es un color que no favorece nada, nada, nada.
La cocina es otra parte fundamental de la vivienda que Nati siempre insiste en que se cuide con esmero. Si es de muy mal gusto ir colocando regalitos de boda en los estantes, las sorpresas de los huevos Kinder, por muy originales que sean, aportan un toque surrealista impropio de esta dependencia, y menos aún si están colocadas encima de la pantalla de televisión (plana como ella, of course).
Y definitivamente algo que jamás debe mostrarse a los invitados es el depósito de materiales radiactivos o desechables, a no ser que queramos que descubran nuestra afición a sustancias estupefacientes no autorizadas o a los quimicefas caseros.

En la cocina se debe cuidar muy bien de la buena imagen de los alimentos. Nati llora cuando se está haciendo un helado de chocolate con avellanas y el aspecto resultante es el de una especie de guiso de lentejas gomitás.
Hay que saber obsequiar a los invitados con un refresco casero cuando el tiempo es caluroso, pero Nati llora cuando los ingredientes son difícilmente identificables o tienen un color sospechoso.
Así que mejor salir por ahí y quedar con los amigos. Nati es muy humana y quiere a todo el mundo, pero empieza a hacer pucheritos si lleva un ratito en el restaurante elegido y los acompañantes no aparecen. Aparte, está el peligro de que puede empezar a beber zarzaparrilla, cervezas o... combinados.
Porque después de un par de gintonics, esto es lo que Nati cree que ve:
Cuando en realidad lo que está viendo es esto:
Y menos mal que le regalaron un abanico en el local y pudo oxigenarse un poco.
Con lo que Nati sí que se agarra un berrinche del copón es con las pintas de las chicas de hoy en día. ¿Cómo se puede servir una mesa con un piercing en el labio, mal teñida, con unas espantosas medias de rejilla ancha a media pantorrilla, shorts, manoletina sin tacón y una blusa estampada de la que por detrás salía el sujetador (prenda cuya visión pública está vetada)? Menos mal que la presencia de elementos familiares muy bien acompañados y la ingesta masiva de un cóctel algo vulgar aunque efectivo llamado Agua de Valencia convirtieron la velada del sábado en una agradable soirée.

Contrariamente a lo que muchos puedan pensar, ir de rebajas no es signo de mal gusto. Las más prestigiosas tiendas siempre tienen un periodo de descuentos en los precios y nuna está de más solicitar al encargado de la tienda el cierre al público de la misma cuando se están eligiendo esos artículos.
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Eso sí, lo que nunca, nunca jamás se debe dejar a la vista de los invitados son las compras que puedan herir su sensibilidad debido al alto precio de los artículos seleccionados. Recordemos que no todo el mundo está al mismo nivel.

Y jamás hacer ostentación de detalles ornamentales, por muy exótica u oriental que sea su procedencia.

Las lágrimas de Nati son saladas cual el mar que acaricia los campos de naranjos levantinos. No permitamos que Nati vuelva a llorar por nuestra despreocupación, incompetencia o pereza.


Muchas gracias por unos días tan maravillosos.

Y que la llorona ésa se despache a gusto, joder, hostias.

Os queremos




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