Casa Gades. Perdona pero no.

Que los camareros sean tan ultrasimpáticos que interfieran en nuestra conversación... no.
Que sean tan poco profesionales de tomar la nota de memoria y luego tengan que volver a preguntar qué habíamos pedido... no.
Que se cojan tantas confianzas como para que al pedir la cuenta te griten: "¡¡¡ No, os esperáis un rato!!!"... no.
Que los tagliatele nero con brócoli y langostinos sean en realidad con langostino... no.
Que un sábado por la noche en una mesa de seis entre que le traen el plato principal a la primera persona y a la sexta pasen 15 minutos laaaargos... no.
Que para colmo haya que pedir que por favor pasen por el microondas la lasaña porque está helada... no.
Que los nombres de los platos en la carta parezcan originales y de calidad y luego sean bastante pobretones... no.
Y que la cuenta suba (sí, vale, con tres botellas de vino + postres) a 35 eypos por barba... pues tampoco.


Casa Gades, en Conde de Xiquena. Lo que en su día era un italiano de batalla... sigue siéndolo, pero con ínfulas.

Y menos mal que nos invitaron a cava (porque somos hipermegasimpatiquísimos, guapísimos de la muerte y uno de nosotros conoce a la dueña).

Yaaaaaaa, ya sé que no había mucho margen de maniobra, no le echo la culpa a nadie por haber elegido el sitio, pero es que si no lo pongo, reviento. Besos, pipettes, trolleys y tiradores para todos.

Un : El camarero guapo. Aunque le gustaba la música wooouuaaahhh uuuuuh ooouuaaaah de Dreamgirls, pero todo es superable.

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